Esa noche no había viento, ni luna, ni compasión.
Entraron por la puerta que da a la calle y a pesar de que había
algunas personas en la calle nadie los vio pasar.
Eran cuatro.
Nunca supo los detalles.
Los vio irse. Alcanzo ver cuando uno de ellos introducía su
katana en la saya.
Después de esa noche, su padre ya no le hablo nunca más.
Atendió los servicios religiosos y acompaño el cortejo fúnebre
hasta el cementerio, recibió los sentidos pésames pero no fue hasta el lunes de
la semana que siguió que se dio cuenta que su padre había muerto y que había
sido asesinado por cuatro ninjas.
No volvió a hablar. Nunca lloro. Su rostro fue invadido por
una sonrisa amplia y perenne… y a pesar de que la relación con su padre nunca
fue buena sabia que la única misión de su vida por venir era la de buscar
venganza.
La situación era que nunca había desarrollado las
condiciones necesarias para la lucha cuerpo a cuerpo ni mucho menos el uso
milenario de la katana.
Una tarde desapareció de su casa.
La madre lo busco sin suerte.
Cuando se tiene un motivo, la paciencia se hace grande. Los años
son lo de menos.
Y aunque seguía careciendo de la habilidad nunca descanso en
buscar los medios necesarios para llegar a ella.
Primero lo primero y lo segundo llegara.

Fantástica...
ResponderEliminarGracias por la flor... dan ganas de continuar experimentando. :)
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