jueves, 13 de marzo de 2014

La navaja de Ocjam

   Ocjam Israel García de la Cruz cayó abatido por el sueño sobre el escritorio. Esas tardes de marzo solían ser cálidas y opacas. Siempre sufrió de digestión lenta.

   Dentro del vapor que la respiración ocasionaba dentro de la cuenca que formaban sus brazos en cruz Ocjam comenzó a soñar.

   Libros viejos, pequeños compartimientos, vasos con plumas y lápices, un radio que también era estatua y que también era un porta abre cartas, botes de café llenos de tornillos y llaves, sobres de papel que prometían contener semillas de flores, todo amontonado, todo acomodado a conveniencia del tiempo y de la obsesión de no tirar nada.

   Ocjam se maravillaba de cada objeto que descubría debajo de cada cosa que movía, tratando de recordar la posición exacta de cada objeto para regresar después sobre sus pasos y dejar todo en su lugar y burlar la orden de no shutear en las cosas del abuelo.

   El sueño transcurría entre ese cúmulo de imágenes vistas en primera persona. Esa montaña de recuerdos de pronto se desvaneció dando paso a otra montaña, una formada por un montículo de tierra desplazada y apilada en medio de un campo que solía ser un pequeño bosque atrapado en medio del crecimiento inmobiliario de los ochentas. Allí Ocjam solía pasar las tardes solo, jugando a subir y bajar. No le bastaba los sábados con los Scouts para saciar su apego a la mugre, al viento y a la aventura.

   Ocjam se encontraba a si mismo en la sima del montículo, tratando de atrapar ráfagas de viento con un pequeño barrilete de papel de china, ya casi había terminado de desenrollar el primer carrete de hilo, y el barrilete le pedía cada vez mas pita. Patojo cabrón, siempre sospecho que el éxito le aguardaba en algún rincón. En el bolsillo izquierdo tenia un carrete extra de hilo.

   La voz del abuelo lo regreso al primer escenario, el susto le recorrió el cuerpo. Justo cuando estaba por abrir un pequeño estuche de madera, el abuelo que lo observaba desde hace unos minutos, lo dejaba quieto con un – Que estas haciendo vos –. Al pobre Ocjam se le cayó el alma y el estuche de madera de las manos. El abuelo sin mediar palabra se acerco y recogió el estuche del suelo, aquel hombre viejo le puso mas emoción a la situación  y con toda la parsimonia que le exigían sus años y su avanzado estado de mal de Parkinson comenzó a re acomodar lo que considero fuera de su lugar, luego, aun con el estuche en la mano, se sentó en lo que quedaba libre de la silla del escritorio y fue cuando le pidió al nieto que se acercara. Ocjam, resignado al jalón de orejas obedeció. El abuelo tardo más de un ciento de segundos en lograr abrir el estuche que tenia en las temblorosas manos, al abrirlo, el contenido dejo perplejo a Ocjam.

   Nervioso Ocjam trataba de sacar el carrete nuevo de hilo de su bolsillo izquierdo mientras trataba de controlar el barrilete, que le seguía pidiendo pita. Lo logro, hizo un nudo rizo para unir los dos segmentos de infinito y se vio en la cima del mundo. Nunca nadie en la cuadra había logrado necesitar mas de un carrete de hilo para volar un barrilete.


   Se despertó, con una incomoda humedad sobre el rostro y un dolor de espalda por dormir encorvado sobre el escritorio. Estiro los brazos sobre si y se sintió extrañamente lleno de energía. No podía recordar del todo su sueño pero estaba invadido por una agradable sensación. Sin que, ni para que, abrió la pequeña gaveta del escritorio y saco un estuche viejo, dentro guardaba la única herencia que le había dejado su abuelo, quien murió cuando Ocjam  tenia catorce años. Una navaja.

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