Ocjam Israel García de la Cruz cayó abatido por el sueño
sobre el escritorio. Esas tardes de marzo solían ser cálidas y opacas. Siempre sufrió
de digestión lenta.
Dentro del vapor que la respiración ocasionaba dentro de la
cuenca que formaban sus brazos en cruz Ocjam comenzó a soñar.
Libros viejos, pequeños compartimientos, vasos con plumas y lápices,
un radio que también era estatua y que también era un porta abre cartas, botes
de café llenos de tornillos y llaves, sobres de papel que prometían contener
semillas de flores, todo amontonado, todo acomodado a conveniencia del tiempo y
de la obsesión de no tirar nada.
Ocjam se maravillaba de cada objeto que descubría debajo de
cada cosa que movía, tratando de recordar la posición exacta de cada objeto para
regresar después sobre sus pasos y dejar todo en su lugar y burlar la orden de
no shutear en las cosas del abuelo.
El sueño transcurría entre ese cúmulo de imágenes vistas en
primera persona. Esa montaña de recuerdos de pronto se desvaneció dando paso a
otra montaña, una formada por un montículo de tierra desplazada y apilada en
medio de un campo que solía ser un pequeño bosque atrapado en medio del
crecimiento inmobiliario de los ochentas. Allí Ocjam solía pasar las tardes solo,
jugando a subir y bajar. No le bastaba los sábados con los Scouts para saciar
su apego a la mugre, al viento y a la aventura.
Ocjam se encontraba a si mismo en la sima del montículo,
tratando de atrapar ráfagas de viento con un pequeño barrilete de papel de
china, ya casi había terminado de desenrollar el primer carrete de hilo, y el
barrilete le pedía cada vez mas pita. Patojo cabrón, siempre sospecho que el éxito
le aguardaba en algún rincón. En el bolsillo izquierdo tenia un
carrete extra de hilo.
La voz del abuelo lo regreso al primer escenario, el susto le recorrió el cuerpo. Justo cuando estaba por abrir un pequeño estuche
de madera, el abuelo que lo observaba desde hace unos minutos, lo dejaba
quieto con un – Que estas haciendo vos –. Al pobre Ocjam se le cayó el alma y
el estuche de madera de las manos. El abuelo sin mediar palabra se acerco y recogió
el estuche del suelo, aquel hombre viejo le puso mas emoción a la situación y con toda la
parsimonia que le exigían sus años y su avanzado estado de mal de Parkinson comenzó
a re acomodar lo que considero fuera de su lugar, luego, aun con el estuche en
la mano, se sentó en lo que quedaba libre de la silla del escritorio y fue
cuando le pidió al nieto que se acercara. Ocjam, resignado al jalón de orejas obedeció. El abuelo tardo más de un ciento de segundos en lograr abrir el
estuche que tenia en las temblorosas manos, al abrirlo, el contenido dejo perplejo a Ocjam.
Nervioso Ocjam trataba de sacar el carrete nuevo de hilo de
su bolsillo izquierdo mientras trataba de controlar el barrilete, que le seguía
pidiendo pita. Lo logro, hizo un nudo rizo para unir los dos segmentos de
infinito y se vio en la cima del mundo. Nunca nadie en la cuadra había logrado
necesitar mas de un carrete de hilo para volar un barrilete.
Se despertó, con una incomoda humedad sobre el rostro
y un dolor de espalda por dormir encorvado sobre el escritorio. Estiro los
brazos sobre si y se sintió extrañamente lleno de energía. No podía recordar
del todo su sueño pero estaba invadido por una agradable sensación. Sin que, ni para que, abrió la pequeña gaveta del escritorio y saco un estuche viejo,
dentro guardaba la única herencia que le había dejado su abuelo, quien murió cuando Ocjam tenia catorce años. Una navaja.
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